Para la ética del egoísmo, de la acumulación y del exhibicionismo, verdadera ética del mundo occidental, “debo sentir antagonismo respecto de todos mis semejantes: debo envidiar a los que tienen más y temer a los que tienen menos; pero debo reprimir estos sentimientos para presentarme –ante los otros y ante mí mismo– como el individuo sonriente, sincero, amable que todos simulan ser.
La pasión de tener debe producir, así,
una guerra de clases interminable”
(E. Fromm).
El amor al prójimo ha sido suplantado por el miedo al prójimo.
El psicoanálisis establece que el ser humano es incompleto, su absoluta inmadurez al nacer le señala que algo le falta, por eso es un ser deseante, por eso su vida es una búsqueda de aquello que puede darle la completud. Pero la tragedia esencial es que nada de todo aquello lo satisface y por ello su búsqueda, su movimiento, resulta incesante. Esta esencia es comprendida y aprovechada con astucia por la sociedad capitalista que nos fuerza a consumir con la vana esperanza de llenar el agujero de nuestra insatisfacción.
Hoy es claro que ese egoísmo capitalista no es un principio que permita el bienestar de todos, puesto que la evolución neoliberal hacia formas exacerbadas de la avaricia y la insolidaridad ha consolidado la noción de que el placer se obtiene en el poseer y no en el compartir. Implica una ética siniestra según la cual soy más cuanto más tengo, sin poder quedar nunca satisfecho porque no hay límite para mis deseos signados por la imposibilidad innata de complacerse.
Y ello instituye un undécimo mandamiento: “Usa al prójimo en tu provecho”
(P. O D)
