—Estoy aprisionado en esta contradicción: por una parte, creo conocer al otro mejor que cualquiera y se lo afirmo triunfalmente […] y, por otra parte, a menudo me embarga una evidencia: el otro es impenetrable, inhallable, irreductible; no puedo abrirlo, remontarme a su origen, descifrar el enigma. ¿De dónde viene? ¿Quién es? Me agoto; no lo sabré jamás.
Inversión: “No llego a conocerte” quiere decir: “No sabré jamás lo que piensas verdaderamente de mí”.
No puedo descifrarte porque no sé cómo me descifras.
Desvivirse, debatirse por un objeto impenetrable es religión pura. Hacer del otro un enigma insoluble del que depende mi vida es consagrarlo como dios, no llegaré nunca a resolver la cuestión que me plantea; el enamorado no es Edipo. No me queda, entonces, más que trastocar mi ignorancia en verdad. No es cierto que cuanto más se ama mejor se comprende; lo que la acción amorosa obtiene de mí es solamente esta “sabiduría”: que el otro no es para conocerlo; su opacidad no es en absoluto la pantalla de un secreto sino más bien una especie de evidencia, en la cual se acumula el juego de la apariencia y del ser. Me sobreviene entonces esta exaltación de amar a fondo a “alguien desconocido”, y que lo seguirá siendo siempre: movimiento místico: accedo al conocimiento del no conocimiento.
Desvivirse,.
